El clima ya no se presenta como una variación estacional, sino como una sucesión de extremos simultáneos. Mientras el hemisferio sur arde —con incendios devastadores en Chile y amplias zonas de la Patagonia en Argentina—, el norte global y regiones de África enfrentan inundaciones persistentes, desde el Reino Unido hasta Mozambique. Fuego y agua coexisten en el mismo presente, dibujando un mapa que ya no sorprende, pero sí desgasta.
No son eventos aislados. Son la radiografía de un planeta en transformación que no solo altera paisajes y ciudades, sino también nuestra forma de habitar y sentir. Cuando el entorno se vuelve impredecible, el cuerpo lo registra. Y ahí surge una pregunta inevitable:
¿qué ocurre con nuestra salud mental cuando el mundo deja de ofrecer estabilidad?

La amenaza del agua
Tormentas cada vez más intensas han provocado evacuaciones, interrupciones de servicios y pérdidas materiales recurrentes. Las inundaciones ya no son episodios aislados: se repiten. Y esa repetición transforma la relación con el espacio habitado.
La lluvia deja de ser pasajera y se convierte en una amenaza anticipada: dormir cuesta, la vigilancia aumenta, la calma doméstica se erosiona.
El problema no es solo el agua, sino la incertidumbre constante. El hogar —y la infraestructura que lo rodea— debería funcionar como filtro entre el exterior y el cuerpo. Cuando ese sistema falla, el sistema nervioso permanece en alerta.

¿Cuánto tiempo necesita un territorio para volver a ser habitable?
La amenaza del fuego
En contraste, en el sur del continente —especialmente en Chile y Argentina— el riesgo adopta otra forma: el fuego extendido. Los incendios forestales no solo dañan edificios o infraestructuras; amenazan toda forma de vida. Arrasan fincas, ganado y cultivos; destruyen hábitats completos; desplazan y matan fauna silvestre; y dañan la capa fértil del suelo, comprometiendo la capacidad del territorio para regenerarse durante años, incluso décadas.
Aunque el fuego no siempre ingresa de manera directa a los edificios, perturba el sistema que sostiene la vida: el aire se vuelve irrespirable, la visibilidad se desvanece, el agua se contamina y los ritmos cotidianos se desestabilizan.
Donde el agua desborda infraestructuras y borra límites físicos, el fuego invade lo invisible. En ambos casos, el mensaje es claro: cuando el territorio se ve afectado, ningún sistema —urbano, social o emocional— queda a salvo.
Tras incendios de alta intensidad, los suelos pueden quedar ecológicamente degradados durante décadas; regenerar 1 cm de suelo fértil puede llevar entre 100 y 400 años.
Ansiedad climática: una respuesta racional
La ansiedad climática no es una moda ni una exageración generacional. Es una respuesta coherente a un entorno percibido como inestable. No se trata solo de miedo al futuro, sino de vivir en anticipación constante: a la próxima lluvia, al próximo incendio, al próximo desplazamiento.
Cuando el entorno construido no permite bajar la guardia, la ansiedad deja de ser episódica y se vuelve crónica. El cuerpo no distingue entre amenaza ambiental y amenaza vital; ambas activan los mismos mecanismos de estrés.
Urbanismo, arquitectura y exposición al riesgo
Esta situación no es accidental. El desarrollo urbano y la arquitectura han amplificado la exposición al riesgo mediante suelos impermeabilizados, construcción en zonas inundables, expansión hacia la interfaz bosque-ciudad y sistemas de drenaje obsoletos. Durante décadas, estos efectos afectaron de forma desproporcionada a barrios populares. Hoy, esa frontera se ha desdibujado.
Sectores afluentes de ciudades como Bogotá comienzan a experimentar inundaciones y deslizamientos; en regiones como California, los incendios han destruido barrios completos de viviendas de lujo. El cambio climático ya no distingue claramente entre clases sociales. Lo que sigue siendo profundamente desigual es la capacidad de recuperarse.
Construcción y clima: una responsabilidad incómoda
A escala global, el entorno construido concentra una parte significativa de las emisiones relacionadas con la energía:
| Categoría de impacto | Proporción de emisiones / impacto | Procesos clave y causas | Consecuencia climática |
|---|---|---|---|
| Carbono embebido (fase de construcción) | ≈ 11 %–13 % de las emisiones energéticas globales | Fabricación de cemento, acero y vidrio; transporte de materiales y maquinaria pesada | Emisiones masivas previas al uso del edificio; degradación de canteras y recursos naturales |
| Emisiones operativas (uso del edificio) | ≈ 27 %–28 % | Calefacción, refrigeración, iluminación y agua caliente sanitaria | Mayor demanda energética en edificios mal adaptados a extremos térmicos |
| Cambio de uso de suelo | No cuantificado directamente en el sector | Impermeabilización del terreno; expansión urbana hacia bosques y zonas naturales | Aumento de inundaciones, pérdida de absorción del suelo y efecto isla de calor |
| Gestión de residuos | ≈ 30 %–40 % de los residuos globales | Demoliciones y sobrantes de obra | Saturación de vertederos y pérdida de materiales reutilizables |
El impacto climático del entorno construido no se limita a la energía que consume un edificio, sino al conjunto de decisiones materiales, territoriales y temporales que lo hacen posible.
Aunque existen esfuerzos de mitigación —eficiencia energética, diseño pasivo, nuevos materiales—, el ritmo no está a la altura de la urgencia. El problema no es solo técnico; es temporal. Estamos actuando demasiado lento.
De la mitigación a la salud mental
Aquí aparece una dimensión poco discutida: el retraso en la acción climática también tiene un costo psicológico. Vivir en entornos que no ofrecen protección frente a extremos climáticos erosiona la sensación de control, seguridad y pertenencia.
La arquitectura y el urbanismo no solo construyen espacios: construyen condiciones emocionales. Diseñar sin considerar el impacto climático no es solo un error ambiental; es una forma de producir vulnerabilidad mental, con repercusiones directas en la productividad, la estabilidad económica y la cohesión social.

Habitar en un mundo inestable
La regeneración existe, pero ocurre a una escala de tiempo distinta a la humana.
El mayor riesgo no es únicamente climático, sino normalizar la ausencia de refugio. El marco desde el que pensamos la vivienda y la infraestructura debe ser reconsiderado profundamente: devolverle al cuerpo la posibilidad de sentirse a salvo en un mundo cambiante y amenazante.
Porque cuando incluso el hogar —y los sistemas que lo sostienen— deja de proteger, la crisis deja de ser ambiental y se vuelve íntima. Este cambio de perspectiva nos obliga a reimaginar la arquitectura no solo como abrigo frente al clima, sino como soporte para la salud mental, la estabilidad social y la vida cotidiana.
Lecturas recomendadas
- American Psychological Association (2017). Mental Health and Our Changing Climate: Impacts, Implications, and Guidance.
Un informe clave sobre cómo el cambio climático afecta la salud mental, incluyendo ansiedad, depresión y TEPT tras desastres ambientales. - World Health Organization (2022). Climate change and health.
Marco global sobre los impactos físicos y psicológicos del cambio climático, con especial atención a poblaciones vulnerables. - Nature Climate Change (2021). Climate anxiety in young people: a global survey.
Estudio internacional que documenta la ansiedad climática en jóvenes y su relación con la percepción de futuro y seguridad. - UN Environment Programme & GlobalABC (2023). Global Status Report for Buildings and Construction.
Referencia principal sobre emisiones del entorno construido, carbono embebido y urgencia de mitigación. - Newman, P., Beatley, T., & Boyer, H. (2017). Resilient Cities. Island Press.
Análisis crítico sobre urbanismo, cambio climático y adaptación, más allá de soluciones tecnocráticas.