¿Qué restaura realmente la naturaleza?

Con frecuencia se afirma que la naturaleza beneficia la atención, la memoria, el aprendizaje y el bienestar mental. En la arquitectura y la educación, esta idea suele traducirse en una fórmula sencilla: ofrecer vistas hacia zonas verdes, incorporar plantas o mostrar imágenes de paisajes naturales para mejorar el rendimiento cognitivo.

Pero la cognición no es una capacidad única y uniforme. Prestar atención, resistir las distracciones, mantener información en la mente y recuperar algo que ya no está disponible de manera inmediata son procesos relacionados, pero no intercambiables. Que la exposición a la naturaleza favorezca a uno de ellos no significa necesariamente que los beneficie a todos.

Un estudio publicado en 2024 por Brooke Z. Charbonneau, Jason M. Watson y Keith A. Hutchison examina precisamente esta diferencia. En lugar de preguntar si la naturaleza mejora la cognición en términos generales, los investigadores plantearon una pregunta más específica: ¿qué componentes de la capacidad de la memoria de trabajo, si es que alguno, se benefician al observar escenas naturales en comparación con escenas urbanas?

Sus resultados cuestionan la afirmación habitual de que la naturaleza simplemente “mejora la memoria”. El beneficio observado parece ser mucho más selectivo.

Un estudiante universitario concentrado en un escritorio junto a una gran ventana que da a los árboles, con actividad visible en el fondo.
Las vistas hacia la naturaleza pueden ofrecer momentos de descanso visual, pero sus efectos cognitivos dependen de la actividad, las cualidades de la escena y el entorno que las rodea.

Atención no es lo mismo que memoria

La capacidad de la memoria de trabajo nos permite retener y utilizar información mientras perseguimos un objetivo sin dejarnos distraer. Interviene, por ejemplo, cuando un estudiante sigue una secuencia de instrucciones, resuelve un problema matemático o mantiene en mente el comienzo de una oración mientras lee el final.

Los investigadores consideraron esta capacidad como el resultado de la interacción entre tres procesos:

El control atencional nos ayuda a concentrarnos en la información relevante mientras inhibimos estímulos o respuestas que compiten por nuestra atención.

La memoria primaria mantiene activa y disponible de inmediato una cantidad limitada de información pertinente.

La memoria secundaria permite recuperar información que ya no permanece activa cuando volvemos a necesitarla.

Estos procesos suelen trabajar de manera conjunta, lo que dificulta estudiarlos por separado. Una tarea descrita como una prueba de “memoria de trabajo” también puede exigir un control atencional considerable. Un mejor desempeño podría reflejar, entonces, una mayor capacidad para resistir interferencias y no necesariamente un aumento de la memoria.

Este problema puede ayudar a explicar por qué investigaciones anteriores han producido resultados inconsistentes sobre la naturaleza y la cognición. Los distintos experimentos utilizan pruebas diferentes, y las pruebas que comparten una misma etiqueta no siempre miden exactamente el mismo proceso subyacente.

¿Por qué se espera que la naturaleza restaure la atención?

El estudio se apoya en la Teoría de la Restauración de la Atención, desarrollada por Rachel y Stephen Kaplan. Esta teoría propone que la atención dirigida —la atención voluntaria que utilizamos para mantenernos concentrados e inhibir las distracciones— puede fatigarse. Los entornos naturales podrían involucrarnos mediante la llamada “fascinación suave”: captan nuestra atención sin exigir el mismo esfuerzo constante que requieren muchas actividades cotidianas.

Según este planteamiento, la naturaleza no necesariamente le proporciona al cerebro una mayor capacidad de memoria. En cambio, podría reducir temporalmente las exigencias sobre la atención dirigida y permitir que los mecanismos utilizados para controlar las distracciones funcionen con mayor eficacia.

La teoría ha sido muy influyente, pero la evidencia no es uniforme. Algunas revisiones han identificado beneficios en ciertas medidas de memoria de trabajo, flexibilidad cognitiva y control atencional, mientras que otras pruebas muestran cambios pequeños o inexistentes. Algunos críticos también han cuestionado que la atención dirigida se agote y se restaure literalmente de la manera propuesta por la teoría.

Charbonneau y sus colegas abordaron el problema mirando más allá del nombre de cada prueba. Seleccionaron medidas concebidas para diferenciar el control atencional, la memoria primaria y la memoria secundaria, y evaluaron estos procesos tanto por separado como en conjunto.

Una estudiante observa la imagen de un bosque en la pantalla de un computador portátil durante un experimento cognitivo en línea.
Los participantes observaron imágenes naturales o urbanas durante diez segundos antes de realizar una serie de pruebas cognitivas en línea. El estudio evaluó una exposición visual breve, no la inmersión en entornos naturales reales.

Tres experimentos, una comparación controlada

El estudio incluyó tres experimentos en línea con estudiantes universitarios reclutados en Montana State University. Las muestras finales estuvieron conformadas por 82, 88 y 87 participantes, respectivamente. Aunque los rangos de edad se extendían más allá de los primeros años de la adultez, las muestras estaban compuestas principalmente por estudiantes universitarios, con edades promedio cercanas a los 20 años. Los participantes realizaron las pruebas en sus propios computadores y bajo condiciones de visualización que no podían estandarizarse por completo.

Los investigadores utilizaron la misma colección de 40 imágenes naturales y 40 imágenes urbanas a lo largo del estudio. Antes de cada bloque de pruebas cognitivas, los participantes observaban una de estas imágenes durante diez segundos.

El primer experimento evaluó la capacidad de la memoria de trabajo mediante dos tareas complejas. Los participantes debían recordar información visual mientras realizaban simultáneamente otra operación. El desempeño posterior a las imágenes naturales no fue diferente del registrado después de observar imágenes urbanas.

El segundo experimento se concentró específicamente en el control atencional. Para ello se utilizaron dos pruebas que exigían resistir una respuesta automática o un estímulo distractor. En una, los participantes debían apartar la mirada de una señal visual repentina para identificar un elemento que aparecía al lado opuesto de la pantalla. En la otra, debían indicar la dirección de una flecha central mientras ignoraban las flechas que la rodeaban y que podían apuntar en una dirección contraria.

Los resultados sugirieron una ventaja atencional modesta y específica de la tarea. En la prueba conocida como Prueba de Flanker, el desempeño después de observar imágenes naturales fue aproximadamente 0,32 desviaciones estándar superior al registrado después de las imágenes urbanas. Sin embargo, no apareció una diferencia equivalente en la prueba antisacádica. Un análisis exploratorio sugirió que las variaciones en el tamaño de las pantallas utilizadas por los participantes pudieron afectar esta última prueba, aunque esto no explica por completo la inconsistencia. Por tanto, el estudio aporta evidencia sugerente de un beneficio atencional específico, pero no demuestra que todas las formas de control atencional mejoren después de observar la naturaleza.

El tercer experimento separó la memoria primaria de la secundaria mediante tareas con símbolos, íconos y asociaciones de pares. Los investigadores no encontraron una ventaja convincente de las imágenes naturales en ninguno de estos dos componentes. Una diferencia inicial en la memoria secundaria se volvió incierta cuando se consideraron los valores atípicos y la evidencia bayesiana.

En conjunto, los tres experimentos revelaron un patrón significativo: bajo estas condiciones experimentales, los investigadores encontraron evidencia modesta de que las imágenes naturales favorecieron una medida del control atencional, pero no hallaron evidencia convincente de que mejoraran la capacidad de la memoria de trabajo, la memoria primaria o la memoria secundaria. Esto no demuestra que la memoria no pueda beneficiarse de la naturaleza bajo otras condiciones; indica que dicho beneficio no pudo detectarse de manera confiable en este estudio.

La naturaleza podría ayudarnos a resistir las distracciones

La interpretación más útil no es que la naturaleza aumente la cantidad de información que la mente puede almacenar. Más bien, podría ayudarle a manejar con mayor eficacia la información que compite por su atención.

Imaginemos que intentamos escuchar a un profesor mientras otros estudiantes conversan, aparecen notificaciones en una pantalla y varias exhibiciones coloridas compiten por nuestra atención. El problema no es necesariamente una falta de memoria. Puede ser el esfuerzo requerido para mantener el objetivo mientras inhibimos todo lo demás.

Si la exposición a la naturaleza favorece el control atencional, su valor podría residir en ayudarnos a seleccionar lo que importa y resistir las interferencias. Esto podría ser relevante en aulas, lugares de trabajo, entornos de salud y viviendas, especialmente cuando las actividades exigen una concentración sostenida.

Pero esta posibilidad no debe convertirse en una fórmula de diseño. El experimento no estudió aulas, ventanas, plantas de interior ni paisajes reales. Evaluó exposiciones repetidas de diez segundos a una selección de imágenes durante la realización de pruebas cognitivas en línea. Observar una imagen en la pantalla de un computador no equivale a mirar por una ventana, sentarse bajo un árbol o caminar por un parque.

Además, las imágenes naturales y urbanas diferían en mucho más que la presencia de vegetación. Previamente, los investigadores habían pedido a otro grupo de participantes que evaluara la misma colección de imágenes. En ese estudio independiente, las escenas naturales fueron consideradas más fascinantes, misteriosas y agradables, y se asociaron con una menor ansiedad reportada y niveles más altos de atención plena y resiliencia percibida. Estas valoraciones no provinieron de las personas que realizaron los experimentos cognitivos.

Por ello, no podemos asumir que la “naturaleza” por sí sola produjo la diferencia cognitiva. La complejidad visual, la composición, la respuesta emocional, las preferencias y otras características también pudieron contribuir.

Una estudiante lee en un espacio de estudio revestido en madera, separado de una zona de circulación y con una amplia vista hacia los árboles.
Diseñar para apoyar la atención puede implicar mucho más que incorporar vegetación. El descanso visual, la profundidad espacial, los patrones coherentes y la separación de actividades que compiten por la atención son cualidades que merecen mayor investigación.

¿Qué significa esto para el diseño?

El estudio no les dice a los arquitectos que deben colocar una planta junto a cada escritorio. Nos ofrece algo más valioso: un recordatorio de que debemos definir el resultado que buscamos antes de prescribir una intervención ambiental.

Si el objetivo es apoyar el control atencional, el acceso a experiencias visuales restauradoras podría ser relevante. Esto podría incluir vistas hacia la vegetación, oportunidades para hacer breves pausas visuales o espacios que reduzcan la necesidad de vigilar continuamente estímulos que compiten por la atención. Sin embargo, estas características deben considerarse junto con la iluminación, la acústica, el movimiento, la legibilidad espacial, el desorden visual y las exigencias de la actividad que se está realizando.

Una vista hacia la naturaleza no puede compensar un espacio que sobrecarga continuamente a sus ocupantes. Tampoco todas las vistas naturales son necesariamente restauradoras. Una ventana puede introducir deslumbramiento, movimiento o distracciones. La vegetación densa puede resultarle tranquilizadora a una persona y producir inseguridad o confusión visual en otra. El efecto dependerá de las cualidades de la escena, la actividad, la duración de la exposición y la persona que la experimenta.

Las investigaciones futuras podrían ir más allá de la comparación general entre escenas “naturales” y “urbanas” para aislar cualidades potencialmente relevantes: menor desorden visual, mayor profundidad espacial, patrones coherentes, elementos que se mueven lentamente, oportunidades para la exploración visual o menos señales que exijan una vigilancia constante. Estas son hipótesis que deben ponerse a prueba, no principios de diseño establecidos por este estudio. Identificarlas permitiría investigar qué características apoyan realmente la atención, en lugar de tratar la “naturaleza” como una intervención única y uniforme.

Estas diferencias son particularmente importantes cuando hablamos de personas neurodivergentes. Las personas varían en su sensibilidad sensorial, su susceptibilidad a las distracciones, su regulación atencional y su respuesta a la complejidad visual. El estudio no investigó la neurodivergencia, la infancia ni a personas que trabajan o aprenden juntas en entornos reales. Por tanto, sus resultados deberían ayudarnos a formular nuevas preguntas y no a establecer suposiciones universales sobre quién se beneficiará y de qué manera.

Mejores preguntas producen mejor evidencia

Uno de los aportes más importantes del estudio es metodológico. La investigación puede producir resultados aparentemente contradictorios cuando se supone que pruebas diferentes miden una misma capacidad cognitiva. Si un experimento afirma que la naturaleza mejoró la “memoria de trabajo”, debemos preguntar qué hicieron realmente los participantes y qué combinación de atención y memoria exigía la prueba.

La misma disciplina debería orientar el diseño basado en la evidencia. Las afirmaciones generales como “la naturaleza mejora el aprendizaje” son atractivas, pero ocultan los mecanismos que harían útil esa afirmación. ¿La intervención redujo el estrés? ¿Mejoró el control atencional? ¿Facilitó el recuerdo? ¿Produjo un estado de ánimo más positivo? ¿Motivó el movimiento? La respuesta importa porque cada resultado puede requerir una solución espacial diferente.

Este estudio no debilita los argumentos a favor de integrar la naturaleza en el entorno construido. Los hace más precisos. La naturaleza podría beneficiar la cognición, pero sus efectos no son automáticos ni se distribuyen de la misma manera entre todos los procesos mentales.

Tal vez la pregunta más responsable ya no sea si la naturaleza es buena para el cerebro, sino:

¿Qué cualidades de la experiencia natural apoyan cuáles procesos cognitivos, para quiénes, durante qué actividades y bajo qué condiciones?

Esta pregunta es menos conveniente que una regla universal de diseño. También tiene muchas más posibilidades de conducirnos hacia entornos que apoyen realmente a las personas que los utilizan.


Referencias

Charbonneau, B. Z., Watson, J. M., & Hutchison, K. A. (2024). Investigating the benefits of viewing nature for components of working memory capacity. Journal of Environmental Psychology, 99, 102418. https://doi.org/10.1016/j.jenvp.2024.102418

Joye, Y., & Dewitte, S. (2018). Nature’s broken path to restoration: A critical look at Attention Restoration Theory. Journal of Environmental Psychology, 59, 1–8. https://doi.org/10.1016/j.jenvp.2018.08.006

Kaplan, S. (1995). The restorative benefits of nature: Toward an integrative framework. Journal of Environmental Psychology, 15(3), 169–182. https://doi.org/10.1016/0272-4944(95)90001-2

Stevenson, M. P., Schilhab, T., & Bentsen, P. (2018). Attention Restoration Theory II: A systematic review to clarify attention processes affected by exposure to natural environments. Journal of Toxicology and Environmental Health, Part B, 21(4), 227–268. https://doi.org/10.1080/10937404.2018.1505571

Published by Patricia Fierro-Newton

Architect and researcher based in London. I founded Neurotectura to explore how architecture can support neurodivergent lives through more empathetic and inclusive design.

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