El acceso a una vivienda segura y estable se ha convertido en una de las crisis sociales más determinantes del siglo XXI a nivel global. En numerosos países, el aumento sostenido de los alquileres, la reducción de la oferta de vivienda social y el estancamiento de los salarios han hecho que la estabilidad residencial a largo plazo resulte cada vez más inalcanzable. Países como Australia y Canadá figuran entre los más afectados, lo que evidencia un patrón estructural global más que fallos aislados de políticas nacionales.
Solo en el Reino Unido, a comienzos de 2026, más de 300.000 personas viven en alojamientos temporales, una señal inequívoca de un sistema habitacional sometido a una presión extrema. Más de 120.000 de ellas son niños y niñas, muchos creciendo en hoteles o pensiones que nunca fueron diseñados para una vida prolongada. Esta situación revela no solo una grave escasez de vivienda permanente, sino una incapacidad más profunda para garantizar entornos estables y de apoyo, fundamentales para la salud mental, el desarrollo y el bienestar integral.
La vivienda es la primera línea de defensa de la salud mental. Sin un hogar seguro, el equilibrio emocional se vuelve inalcanzable.
La crisis de la vivienda, por tanto, no se limita a la falta de techos. Habla de una estabilidad fracturada, de vidas interrumpidas y de la erosión progresiva de la dignidad a lo largo de generaciones, comunidades y grupos sociales.


La inseguridad habitacional expone a las personas a un estrés crónico, al miedo constante y a un agotamiento emocional prolongado, mucho antes de que la vida en la calle se convierta en una realidad. En el caso de las mujeres, esta experiencia suele adoptar formas invisibles: la falta de vivienda oculta, una mayor vulnerabilidad a la violencia, responsabilidades de cuidado y la necesidad permanente de pasar desapercibidas para mantenerse a salvo.
Cómo la crisis de la vivienda afecta la salud mental
La experiencia de una vivienda insegura o inadecuada está profundamente ligada al bienestar mental. La investigación demuestra de forma consistente que las personas que enfrentan la falta de vivienda presentan tasas significativamente más altas de problemas de salud mental que la población general, incluyendo depresión, ansiedad y altos niveles de angustia psicológica.
Vivir sin un hogar estable —o en alojamientos temporales, hacinados o inseguros— intensifica el estrés crónico y crea barreras para acceder a una atención continuada. Los niños y niñas que crecen en estas condiciones son especialmente vulnerables: las interrupciones en la educación, las rutinas y las relaciones sociales pueden tener consecuencias psicológicas y de desarrollo a largo plazo.
Qué significa para las personas neurodiversas
La neurodiversidad —un término paraguas que describe las diferencias naturales en la cognición y el procesamiento sensorial, e incluye condiciones como el autismo, el TDAH y otras— está ampliamente presente en la sociedad y afecta aproximadamente al 20 % de la población adulta en el Reino Unido. Sin embargo, sus implicaciones siguen estando pobremente integradas en los sistemas de vivienda y en las políticas sociales.
La evidencia sugiere que las personas neurodivergentes son de las más afectadas por la falta de vivienda y la inseguridad habitacional. Los análisis con enfoque en neurodiversidad indican que alrededor del 12 % de las personas en situación de “sinhogarismo” son autistas, frente a aproximadamente el 1 % de la población general, y que muchas de ellas enfrentan múltiples vulnerabilidades que se superponen.
Para las personas neurodiversas, la inestabilidad residencial puede resultar especialmente perjudicial. Los refugios convencionales y los alojamientos temporales suelen carecer de entornos tranquilos y de baja estimulación, y con frecuencia no reconocen las diferentes formas de comunicación ni las necesidades específicas de apoyo. Esto puede intensificar la ansiedad, la sobrecarga sensorial y el aislamiento social, factores estrechamente vinculados al riesgo en salud mental.


El TDAH y el autismo reflejan patrones cognitivos diversos, percepciones sensoriales particulares y maneras únicas de relacionarse con el espacio. Un diseño que reconoce y valora esta diversidad puede reducir el estrés, favorecer el bienestar y crear entornos donde distintas formas de pensar y percibir puedan realmente prosperar.
Iniciativas actuales y lo que se está haciendo
Los esfuerzos para abordar la falta de vivienda y la inestabilidad habitacional están en marcha en múltiples niveles:
- Las estrategias gubernamentales, como el Plan Nacional del Reino Unido para Erradicar el Sinhogarismo, están ampliando la financiación destinada al apoyo en situaciones de crisis y a programas de prevención, así como mejorando el acceso a medidas de resiliencia financiera que permitan sostener los alquileres y evitar la pérdida de la vivienda.
- Alianzas innovadoras entre organizaciones benéficas, entidades comunitarias y promotores de vivienda están poniendo en marcha proyectos piloto de vivienda social y asequible, concebidos para crear comunidades sostenibles, conectadas y con sentido de pertenencia.
- Programas como Changing Futures, respaldados por fondos gubernamentales y filantrópicos, están experimentando modelos de apoyo centrados en la persona, que integran de forma explícita la vivienda con la atención en salud mental, el apoyo frente a las adicciones y los servicios sociales para personas con necesidades complejas.
- En primera línea, los proveedores de vivienda asistida están comenzando a adoptar prácticas sensibles a la neurodiversidad —desde la formación en comunicación hasta adaptaciones del entorno físico— con el objetivo de hacer estos espacios más inclusivos y capaces de responder a una amplia diversidad de necesidades sensoriales y sociales.
Arquitectos y diseñadores deben reconocer que la vivienda no se limita a alojar la vida: la moldea activamente, influyendo en el bienestar mental y en la inclusión social. Comprender la neurodiversidad, diseñar entornos que reduzcan el estrés y la sobrecarga sensorial, y defender políticas de vivienda más solidarias ya no es una opción; es una responsabilidad esencial.

Reflexiones finales
Sin un hogar seguro, el equilibrio emocional es simplemente imposible. Sin embargo, la crisis va mucho más allá de la mera ausencia de refugio. El aumento de muertes entre las personas en situación de sinhogarismo revela un fracaso más profundo: la incapacidad de comprender y responder adecuadamente a las necesidades de las personas neurodiversas dentro de los sistemas de vivienda.
Arquitectos, urbanistas y diseñadores asumimos una responsabilidad única. Nuestro trabajo debe ir más allá de la provisión básica y abordar las necesidades sensoriales, cognitivas y emocionales, creando entornos que apoyen de forma genuina el bienestar. Al ampliar nuestro conocimiento sobre la neurodiversidad, integrar estrategias de diseño inclusivo y defender modelos de vivienda que reflejen la complejidad humana, podemos ayudar a prevenir sufrimientos evitables y, en algunos casos, salvar vidas.
La crisis de la vivienda no es solo un desafío social o económico. Es también un desafío de diseño, uno que exige conocimiento, empatía y acción.
Lectura adicional
Fitzpatrick, S., et al. (2021). Homelessness and mental health: pathways, impacts and policy responses. An evidence review bridging public health, social policy, and homelessness research.
Tsai, J., & Rosenheck, R. (2015). Risk factors for homelessness among US veterans.
Well-cited for linking housing stability, trauma, and mental health outcomes.
RIBA — Architects designing for autism. Design recommendations for autism-inclusive environments.
National Autistic Society — Housing for Autistic People. Policy and lived-experience insights specific to housing needs.