Como arquitectos y diseñadores, solemos abordar un proyecto por su función, su estética, sus costes y el cumplimiento de la normativa. Pero hay una pregunta que rara vez nos hacemos con suficiente profundidad:
¿Cómo se siente el cerebro de quien habita este espacio?
El cerebro no es un espectador pasivo del espacio; al contrario, si tenemos una idea o imagen de él, es justamente gracias a nuestro cerebro. Nuestros sentidos están constantemente enviando información que nos permite saber dónde estamos, hacia dónde vamos y cómo nos movemos —lo que en neurociencia se conoce como navegación espacial—, así como reconocer si un espacio es grande o pequeño, redondo o cuadrado, alto o bajo.
Tanto una sobrecarga de estímulos provenientes del entorno como la escasez de ellos pueden generar dificultades. Esto puede representar una molestia pasajera para algunas personas. Para otras —incluidas muchas personas neurodivergentes— puede convertirse en una barrera que afecta su participación, su autonomía y su experiencia del espacio.
Por eso, diseñar teniendo en cuenta cómo las personas perciben y procesan el entorno no debería considerarse un lujo académico ni una especialización opcional, sino una cuestión de inclusión.

Neuroarquitectura e inclusión
La neuroarquitectura estudia precisamente estas relaciones: de qué manera determinados rasgos del entorno construido —la luz, el sonido, el color, la configuración espacial, los recorridos y las posibilidades de control— inciden en nuestra experiencia, nuestro comportamiento y nuestro bienestar.
Y aquí surge una distinción fundamental: un edificio puede ser accesible físicamente y, aun así, levantar barreras para algunas de las personas que lo habitan.
Porque no todas las limitaciones son físicas. También existen discapacidades y dificultades cognitivas que rara vez entran en la conversación cuando pensamos en accesibilidad.
Un edificio puede tener rampas y ascensores y, aun así, resultar difícil de recorrer y comprender: pasillos que se extienden sin indicar hacia dónde conducen, una señalización tan escasa que no orienta —o tan profusa que termina por confundir de igual manera—. Para muchas personas, en particular para quienes procesan la información espacial de otra forma, esto no es una simple incomodidad: exige un esfuerzo sostenido de orientación que puede resultar agotador, generar ansiedad o llevarlas, sencillamente, a evitar el espacio.
Un edificio también puede producir sobrecarga sensorial cuando luces, ruidos o estímulos visuales se acumulan sin que nadie los haya anticipado. Puede ofrecer pocas posibilidades de elección o control: ningún rincón donde hacer una pausa, ninguna otra forma de recorrerlo. Y, en el fondo, puede seguir dando por sentado que todas las personas perciben y procesan el entorno de la misma manera, cuando no es así.
Diseñar para la diversidad humana no consiste, entonces, en sumar algunos elementos pensados para ciertos usuarios. Consiste en cuestionar, desde el principio, la idea misma de que existe un usuario universal.
Y para profundizar en esta cuestión, quise conversar con alguien que lleva casi dos décadas trabajando en uno de los campos fundamentales de esta conversación: la accesibilidad y la inclusión en el entorno construido, especialmente en los espacios educativos.

¿Quién es María del Pilar Pinzón Rueda?
María del Pilar Pinzón Rueda es psicóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana, especialista en Necesidades Educativas Especiales de la UNAB y magíster en Neuropsicología de la Universidad Internacional de La Rioja, España.
Es directora de la Fundación Unicornio, que este año cumple 19 años de trabajo ininterrumpido en torno a la accesibilidad y la inclusión. Durante los últimos 15 años ha formado arquitectos en temas relacionados con accesibilidad, diseño universal y neuroarquitectura.
Su trabajo parte de una premisa que conecta directamente con la pregunta que nos hacemos desde la neuroarquitectura: las personas no experimentan los espacios de la misma manera. Diseñar para la inclusión implica reconocer esa diversidad desde el inicio del proceso de diseño.
También es autora del artículo académico La neuroarquitectura y los escenarios educativos incluyentes, publicado en la revista Limaq de la Universidad de Lima en 2022.
Conversamos con ella:
¿Cómo influye el entorno construido en el aprendizaje?
“Aprender no ocurre solamente en el cerebro: también está profundamente influido por el entorno”, explica María del Pilar.
Un espacio con buenas condiciones de iluminación, acústica y ventilación, así como posibilidades de movimiento y diferentes formas de interacción, puede favorecer la atención y la participación.
Cuando el entorno, por el contrario, genera una demanda sensorial excesiva o presenta barreras físicas y cognitivas, parte de los recursos de la persona debe dedicarse a gestionar esas demandas.
La cuestión, por tanto, no es únicamente si un estudiante puede entrar físicamente en un aula, sino qué condiciones encuentra una vez que está dentro de ella.
¿Por qué el aula ha cambiado tan poco en 100 años?
Su respuesta apunta a una relación estrecha entre arquitectura y pedagogía.
La arquitectura educativa, señala, todavía reproduce con frecuencia modelos pedagógicos tradicionales:
“Diseñamos espacios pensando en la transmisión de información: un profesor al frente y estudiantes mirando hacia él.”
Aunque actualmente hablamos de colaboración, movimiento, autonomía y diferentes formas de aprender, muchos espacios educativos continúan organizándose alrededor de un modelo mucho más rígido.
Transformar la educación, entonces, también implica preguntarnos si los espacios donde ocurre esa educación siguen respondiendo a las mismas ideas que los originaron.
¿En qué consiste realmente la normativa de accesibilidad?
La accesibilidad busca que las personas puedan entrar, desplazarse, orientarse, comunicarse, participar y utilizar los espacios con autonomía y seguridad, independientemente de sus condiciones.
Pero cumplir una norma no necesariamente significa haber creado una experiencia plenamente inclusiva.
Como señala María del Pilar:
“Debemos ir más allá del cumplimiento mínimo: un espacio puede cumplir una norma y todavía no ser verdaderamente inclusivo.”
Esta distinción es especialmente relevante para la arquitectura contemporánea. La accesibilidad no debería entenderse únicamente como una serie de requisitos técnicos que deben comprobarse al final del proyecto, sino como un principio que informa las decisiones de diseño desde el comienzo.
¿Por qué muchas veces no se cumple?
Aquí María del Pilar señala una brecha importante entre las obligaciones existentes y la formación que reciben muchos profesionales.
Según su experiencia, más del 90 % de los arquitectos desconoce los aspectos básicos de la accesibilidad, mientras que son todavía pocas las facultades de arquitectura que abordan estos contenidos de manera suficiente.
Esto resulta especialmente significativo si tenemos en cuenta que la legislación colombiana contempla expresamente la formación de los futuros profesionales.
La Ley 361 de 1997 establece que las instituciones encargadas de formar arquitectos, entre otros profesionales, deben incluir en sus currículos temáticas relacionadas con la atención y prevención de las causas de limitación y discapacidad.
Además, su artículo 47 dispone la creación de talleres en las facultades de arquitectura, ingeniería y diseño destinados a fomentar la eliminación de barreras y limitaciones en la construcción.
Es decir, la accesibilidad no aparece en la legislación únicamente como una cuestión que debe resolverse en el edificio terminado. También forma parte de la responsabilidad de formar a quienes diseñarán esos edificios.
La cuestión, entonces, no parece ser únicamente la existencia de normas, sino cómo se traducen esas obligaciones en la formación y en la práctica profesional.
¿Cuáles son las consecuencias?
Las consecuencias no son únicamente normativas. En los espacios educativos, las barreras pueden limitar la autonomía, la participación y el sentido de pertenencia de los estudiantes. Para las instituciones, pueden significar modificaciones posteriores que podrían haberse evitado mediante decisiones tomadas desde las primeras etapas del proyecto.
“La accesibilidad no debería ser una adaptación después del diseño; debería estar incorporada desde el principio”, afirma.
Y existe otro aspecto que merece mayor atención: la accesibilidad no beneficia únicamente a las personas con discapacidad. También puede mejorar la experiencia de padres y madres, docentes, personal administrativo y, en general, de cualquier persona que utilice el espacio.
Diseñar para la diversidad no significa diseñar para una minoría. Significa reconocer que la diversidad forma parte de la condición humana.
¿Existen ejemplos donde esto sí se esté aplicando bien?
María del Pilar menciona los modelos Montessori como una referencia interesante, particularmente por la idea del espacio como un “segundo maestro”.
Más que buscar un colegio perfecto, destaca aquellos proyectos que incorporan la diversidad desde el comienzo: espacios flexibles, diferentes posibilidades de participación y atención a las necesidades sensoriales y funcionales de sus usuarios.
El objetivo no es crear un espacio que funcione exactamente igual para todo el mundo. Es crear entornos capaces de ofrecer diferentes maneras de participar, aprender y desenvolverse.
¿Cómo deberían abordar este tema las universidades de arquitectura?
Para María del Pilar, la accesibilidad y la inclusión deberían dejar de ocupar un lugar periférico dentro de la formación profesional.
“La accesibilidad y la inclusión deberían dejar de ser contenidos periféricos y convertirse en competencias transversales de la formación.”
Y considera que la neuroarquitectura representa una parte importante de ese cambio:
“Es el presente y el futuro de la arquitectura.”
Más allá de esta afirmación, el desafío que plantea es concreto: formar arquitectos capaces de comprender que las personas no experimentan los espacios de la misma manera y que esa diversidad debe formar parte de las decisiones de diseño.

tiene más de un siglo.
Diseñar para personas reales
Pese a los cambios en la pedagogía, muchas escuelas siguen organizándose alrededor de un paradigma que tiene más de un siglo: aulas frontales, currículos fragmentados y evaluaciones de respuesta única. Estos modelos entran hoy en tensión con niños que crecen en entornos digitales e interactivos y con formas cada vez más diversas de aprender y participar.
La conversación con María del Pilar parte de la accesibilidad y el diseño universal, pero nos lleva a una cuestión más amplia: la diversidad de quienes habitan nuestros espacios.
Algunas de esas diferencias son visibles. Otras no. Algunas tienen que ver con el cuerpo; otras, con la edad, la movilidad, la comunicación, la percepción sensorial o la manera en que procesamos nuestro entorno.
Es aquí donde la neuroarquitectura puede aportar una perspectiva particularmente valiosa. No para sustituir la accesibilidad ni el diseño universal, sino para ampliar nuestra comprensión de cómo las personas experimentan los espacios.
Porque no existe un usuario universal.
Diseñamos para personas diferentes, y esa diversidad debería estar presente desde las primeras decisiones de un proyecto.
Diseñar para la diversidad humana no debería ser una especialización de unos pocos arquitectos. Debería formar parte de la formación y de la práctica de todos.
¿Quieres profundizar en este tema?
Una buena oportunidad para continuar la conversación será el IV Seminario Internacional Virtual Gratuito — Neuroarquitectura, Accesibilidad y Diseño Universal, que tendrá como tema central: Neuroarquitectura y escenarios educativos incluyentes.
📅 Sábado 3 de octubre de 2026
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