Arquitectura para los sentidos: Eladio Dieste

Tercer artículo de la serie Arquitectura para los sentidos, dedicada a arquitectos latinoamericanos que diseñaron para el cuerpo, los sentidos y la mente.

En una época en la que la innovación arquitectónica suele asociarse a nuevos materiales y tecnologías, la obra de Eladio Dieste nos recuerda que también es posible transformar la arquitectura a partir de un material milenario: el ladrillo. En sus manos, la mampostería se convirtió en una estructura ligera, capaz de definir el espacio, filtrar la luz y dar forma a una experiencia arquitectónica singular.

Después de recorrer la arquitectura de Rogelio Salmona y de Luis Barragán, viajamos a Uruguay para conocer a un ingeniero que nunca se presentó como arquitecto, pero cuyas obras hablan directamente a los sentidos. Si en Salmona el centro es el recorrido y en Barragán el silencio, en Dieste es la forma que nace del propio material: muros que ondulan, bóvedas que parecen flotar y una luz que entra con delicadeza.

Eladio Dieste
Ingeniero uruguayo (1917–2000) que convirtió el ladrillo armado en un lenguaje propio, en el que estructura, luz y forma son una misma cosa.

Un arquitecto de los sentidos

Pocas experiencias revelan tanto la obra de Dieste como llegar a la Iglesia de Cristo Obrero y Nuestra Señora de Lourdes, en Estación Atlántida, un pequeño pueblo a unos 45 kilómetros de Montevideo.

Desde fuera, lo primero que llama la atención son los muros laterales. Abajo, junto al suelo, son rectos; arriba ondulan como una cortina movida por el viento. La cubierta continúa ese movimiento: una secuencia de bóvedas de ladrillo que parecen demasiado delgadas para sostenerse. Al lado, un campanario cilíndrico de ladrillo calado deja pasar el aire y la luz.

Al entrar, el exterior desaparece. El espacio es una sola nave de ladrillo visto, sin revoque. Las paredes curvas no presentan aristas duras y dan a la nave una continuidad visual. La luz llega de forma indirecta, filtrada y orientada hacia el altar.

Nada de esto depende de la ornamentación. La experiencia se construye con un solo material, con la forma que adopta y con la luz que lo recorre. No busca impresionar a quien la observa desde fuera, sino acoger a quien entra.

Esa sencillez tenía un sentido. Al explicar el proyecto, Dieste dijo que buscaba que la iglesia, como arquitectura, «no fuera un obstáculo para una piedad verdadera sino su manifestación primera».

Dieste no partía de estudios sobre percepción, estrés o atención; la neuroarquitectura aún no existía como campo de investigación. Partía de la ingeniería, de su fe y de un profundo respeto por el material y por quienes lo trabajaban. Hoy, la investigación sobre la experiencia ambiental nos ofrece herramientas para preguntarnos qué ocurre en espacios como este. Su obra no da respuestas universales, pero plantea preguntas vigentes.

Formación e influencias

Eladio Dieste nació en 1917 en Artigas, en el norte de Uruguay, en la frontera con Brasil. Su padre era profesor de historia y su tío, el escritor gallego Rafael Dieste. Estudió en Salto y en 1936 se trasladó a Montevideo para cursar ingeniería en la Universidad de la República. Se graduó como ingeniero civil en 1943 y durante décadas enseñó mecánica teórica y, más tarde, puentes y grandes estructuras.

El giro de su carrera llegó a mediados de los años cuarenta. El arquitecto catalán Antoni Bonet le pidió ayuda con las bóvedas de la Casa Berlingieri, en Punta Ballena, pensadas en hormigón. Dieste propuso hacerlas de ladrillo armado. Fue su primera bóveda de este tipo y el comienzo de una búsqueda que lo acompañaría toda su vida.

La idea de reforzar la mampostería con acero no era del todo nueva. Rafael Guastavino había construido bóvedas tabicadas reforzadas y Eduardo Torroja había experimentado con la cerámica armada. Pero Dieste, que al principio no conocía esos antecedentes, llevó la técnica mucho más lejos que nadie, justo cuando el costo del encofrado y de la mano de obra empezaba a encarecer las cáscaras de hormigón.

En 1954 fundó con Eugenio Montañez la empresa Dieste y Montañez, que diseñaba y construía sus propias obras. Montañez aportaba el sentido práctico y la gestión; Dieste, la invención. Con ella levantó silos, depósitos, fábricas, mercados, terminales de autobuses e iglesias, sobre todo en Uruguay, pero también en Brasil, Argentina y España. La empresa sigue activa hoy.

El ladrillo no fue para él solo una opción técnica. Era un material barato, producido en el país y que podían colocar albañiles comunes. Elegirlo era también una decisión ética y económica, ajustada a los recursos de América del Sur. La iglesia de Atlántida, por ejemplo, se pensó desde el principio para construirse con materiales locales y por manos locales.

Dieste resumió esta actitud en la idea de una “cósmica economía”. No se refería solo al ahorro de dinero. Hablaba de usar los materiales con profundo respeto por su esencia y sus posibilidades, en acuerdo con el orden del mundo. Esta convicción tenía también raíces en su fe: aunque su padre era ateo, Dieste fue un católico profundamente religioso, y entendía la construcción como una forma de diálogo con la realidad y sus misterios.

Ladrillo y curvatura

El ladrillo es la firma de Dieste.

En sus obras forma muros, bóvedas, campanarios, escaleras y celosías. Nunca está revocado ni escondido: se muestra tal como es, con su color, su textura y las pequeñas irregularidades de cada pieza. Miles de unidades iguales crean un ritmo ordenado, pero no mecánico, en el que todavía se percibe el trabajo de las manos que lo colocaron.

Como en Salmona, el ladrillo se experimenta con varios sentidos a la vez: se ve cómo cambia de color con la luz del día, se percibe su textura al tacto y se escucha el sonido de los pasos sobre él. Pero, como vimos en el primer artículo de la serie, no todos percibimos los materiales de la misma manera. Una superficie que a una persona le resulta cálida y acogedora puede parecerle a otra áspera o visualmente intensa.

Lo que distingue a Dieste es lo que hace con ese material: la curva.

Sus muros ondulados, sus bóvedas de doble curvatura y sus cúpulas no son adornos. Son la forma que permite que el ladrillo resista con el mínimo de material. Al mismo tiempo, las superficies curvas eliminan las aristas duras y ofrecen una continuidad visual que caracteriza la experiencia del espacio.

La investigación sobre la percepción de la forma se ha interesado mucho por la curvatura. En un estudio con resonancia magnética funcional, los participantes juzgaron más bellos los espacios arquitectónicos curvilíneos que los rectilíneos, y esa valoración se asoció con la activación de regiones cerebrales vinculadas a la emoción y la recompensa. Sin embargo, el estudio no encontró un efecto significativo de la curvatura sobre las decisiones de entrar o salir de esos espacios (Vartanian et al., 2013).

Una revisión sistemática y metaanálisis posterior, con 61 estudios, concluyó que la preferencia por la curvatura es un fenómeno fiable, pero no universal: depende del tiempo de exposición, del tipo de estímulo, de la formación de las personas y de la tarea que realizan (Chuquichambi et al., 2022).

No sería riguroso, por tanto, afirmar que las curvas siempre calman o que todos preferimos los espacios curvos. La pregunta útil es otra: qué ofrece la curvatura en un lugar concreto, cómo se combina con la luz y el material, y cómo la viven las personas que lo usan.

Iglesia de San Pedro, Durazno · Eladio Dieste (reconstrucción, 1967–1971)
Tras el incendio que destruyó la nave del antiguo templo, Dieste la reconstruyó en ladrillo armado. Junto al altar, un gran Cristo tallado en madera de naranjo por el escultor Claudio Silveira Silva fue concebido teniendo en cuenta la luz que recibe. Material, estructura y luz trabajan juntos en un espacio pensado para el recogimiento.

Luz, estructura y sonido

En la obra de Dieste, la luz casi nunca entra de forma directa y uniforme.

En Atlántida, las pequeñas ventanas altas de los muros laterales tienen vidrios de color y orientan la luz hacia el altar. En la fachada, las aberturas se cerraban originalmente con placas de ónix que dejaban pasar un resplandor difuso. En el campanario, el ladrillo calado convierte la torre en una especie de filtro: el aire, la luz y el sonido de la campana atraviesan la estructura.

El baptisterio ofrece otra experiencia. Es una sala circular subterránea, cubierta por una cúpula de ladrillo armado. Se llega a ella por una escalera y un pasillo bajo tierra, y desde allí otro pasillo conduce al interior de la iglesia. En lo alto de la cúpula, un lucernario deja caer la luz natural sobre la pila bautismal. El recorrido pasa de la penumbra a una luz concentrada, y de ella al espacio amplio de la nave.

Como en Barragán, esta secuencia nos recuerda la importancia de las transiciones. Los ojos necesitan tiempo para adaptarse a los cambios de iluminación, y el paso gradual de un ambiente a otro puede hacer más comprensible y menos abrupto un recorrido. Pero la penumbra no es una solución universal: una iluminación insuficiente puede dificultar la orientación o generar inseguridad en algunas personas.

En la iglesia de San Pedro, en Durazno, la luz también organiza el espacio. Tras el incendio de 1967, que dejó en pie solo la fachada y el pórtico, Dieste conservó las proporciones del antiguo templo y lo reconstruyó como una iglesia de tres naves. La nave central se cubre con una lámina plegada de ladrillo armado de 32 metros de luz y apenas 8 centímetros de espesor. Sobre el presbiterio se levanta una torre con un gran lucernario de ladrillo abierto al norte, en el que los vidrios se apoyan directamente sobre la mampostería y llevan la luz natural hacia el altar.

En las grandes obras industriales, la luz cumple otra función. Las bóvedas gausas de Dieste dejan franjas de luz entre una onda y la siguiente, de modo que naves enormes, como depósitos o fábricas, reciben iluminación natural sin necesidad de grandes ventanales. La estructura y la entrada de luz se resuelven en un mismo gesto.

El sonido es la dimensión menos estudiada de su obra. Las superficies curvas y el ladrillo visto modifican la forma en que el sonido se refleja en un espacio, pero su efecto depende de la geometría, del tamaño y del uso de cada lugar. Una curva puede dispersar el sonido o concentrarlo en determinados puntos. No es posible, por tanto, generalizar sobre cómo suenan sus edificios. Lo que sí revela su obra es que la acústica forma parte de la experiencia del espacio tanto como la luz o el material.

Terminal de ómnibus, Salto · Eladio Dieste (1973)
Una cubierta de bóvedas de ladrillo armado que se repiten en voladizo, apoyadas sobre una estructura mínima. La cubierta ofrece sombra y protección a quienes esperan, y su sucesión de ondas deja pasar una luz filtrada. Un ejemplo de cómo una obra cotidiana y funcional puede convertirse también en una experiencia sensorial.

Lo que Dieste nos enseña hoy

Dieste no habló de neurociencia. Habló de forma, de materia, de economía y de respeto. Su obra, sin embargo, plantea preguntas que también interesan hoy a la neuroarquitectura.

¿Qué ocurre cuando la estructura de un edificio deja de ser un esqueleto oculto y se convierte en parte de la experiencia sensorial?

¿Puede un material sencillo y barato ofrecer espacios de gran riqueza perceptiva?

¿Y qué cambia cuando entendemos la economía no como reducción, sino como cuidado en el uso de los recursos?

De su trabajo podemos extraer tres ideas para el diseño contemporáneo.

Hacer legible la estructura.

En muchos edificios, la estructura queda escondida detrás de falsos techos y revestimientos. Dieste demuestra que puede formar parte de lo que percibimos: sus curvas, su ritmo y su textura definen el carácter del espacio. Hacer visible la manera en que un edificio se sostiene puede hacerlo más legible y comprensible, aunque cada persona lo perciba de manera distinta.

Trabajar con las cualidades del material.

Un material local, reconocible y bien utilizado puede ofrecer textura, color y una relación directa con el lugar y con quienes construyen. No se trata de atribuir a un material efectos universales, sino de comprender qué cualidades sensoriales aporta y cómo puede vivirlo cada persona.

Diseñar las transiciones.

En Atlántida, el paso del baptisterio en penumbra a la nave iluminada muestra que los cambios de luz, escala y geometría a lo largo de un recorrido forman parte de la experiencia. Estas secuencias dan intención a un espacio, pero no producen la misma respuesta en todas las personas. La pregunta útil es cómo diseñar transiciones con carácter sin comprometer la orientación, la accesibilidad ni la sensación de seguridad.

Estas ideas no requieren una iglesia de ladrillo armado ni un gran presupuesto. Pueden explorarse en una vivienda, un aula, una oficina o un espacio público: un techo que muestra su estructura, un material local bien trabajado, una luz que entra filtrada o un recorrido que se entiende con facilidad.

La lección no es imitar las formas de Dieste, sino su actitud: usar lo justo, con inteligencia y respeto, para crear espacios que acojan a las personas.

Rogelio Salmona, Luis Barragán y Eladio Dieste comparten el uso de materiales sencillos y una profunda atención a la experiencia del espacio. Sus caminos, sin embargo, son distintos. Salmona construye a partir del recorrido y de la relación con la ciudad. Barragán, a partir del muro, el color y el silencio. Dieste parte de la estructura: en su obra, la forma que sostiene el edificio es la misma que lo hace habitable y bello.

No se trata de elegir entre estos caminos, sino de reconocer que la arquitectura puede acercarse a los sentidos desde distintos puntos de partida.

Eladio Dieste murió en Montevideo en el año 2000. Veintiún años después, la UNESCO inscribió la iglesia de Atlántida en la Lista del Patrimonio Mundial, reconociendo una técnica constructiva innovadora que reinterpreta una tradición milenaria.

Su legado nos invita a pensar que la calidad de un espacio no depende de la abundancia de recursos, sino del cuidado con que se usan. Y que diseñar para las personas significa también diseñar para la diversidad de formas en que perciben el mundo.


Referencias

Anderson, S. (Ed.). (2004). Eladio Dieste: Innovation in structural art. Nueva York: Princeton Architectural Press.

Eladio Dieste. (s. f.). Iglesia de Cristo Obrero, Atlántida. Consultado el 18 de octubre de 2026. https://www.eladiodieste.com/iglesia-de-cristo-obrero

Eladio Dieste. (s. f.). Iglesia de San Pedro, Durazno. Consultado el 18 de octubre de 2026. https://www.eladiodieste.com/iglesia-de-san-pedro

ICOMOS. (2020). The Church of Atlántida (Uruguay), No 1612: Evaluation. UNESCO World Heritage Centre. https://whc.unesco.org/document/189224

Montevideo Portal. (27 de julio de 2021). Unesco declara Iglesia de Atlántida como parte del Patrimonio de la Humanidad. https://www.montevideo.com.uy/Noticias/Unesco-declara-Iglesia-de-Atlantida-como-parte-del-Patrimonio-de-la-Humanidad-uc793285

Pedreschi, R. (2000). Eladio Dieste. The engineer’s contribution to contemporary architecture. Londres: Thomas Telford.

UNESCO World Heritage Centre. (2021). Obra del ingeniero Eladio Dieste: iglesia de Atlántida. https://whc.unesco.org/es/list/1612

Uruguay. Poder Ejecutivo. (2006). Resolución 13/2006: Declaración de monumento histórico, Durazno. IMPO. https://www.impo.com.uy/bases/resoluciones/13-2006

Sobre percepción y experiencia ambiental

Chuquichambi, E. G., Vartanian, O., Skov, M., Corradi, G. B., Nadal, M., Silvia, P. J., & Munar, E. (2022). How universal is preference for visual curvature? A systematic review and meta-analysis. Annals of the New York Academy of Sciences, 1518(1), 151–165. https://doi.org/10.1111/nyas.14919

Vartanian, O., Navarrete, G., Chatterjee, A., Fich, L. B., Leder, H., Modroño, C., Nadal, M., Rostrup, N., & Skov, M. (2013). Impact of contour on aesthetic judgments and approach-avoidance decisions in architecture. Proceedings of the National Academy of Sciences, 110(Supl. 2), 10446–10453. https://doi.org/10.1073/pnas.1301227110

Creditos de las imagenes: Archivo SMA (FADU, UDELAR), Gonzalo Viramonte, Lauro Rocha y otros fotógrafos, vía eladiodieste.com.

Published by Patricia Fierro-Newton

Architect and researcher. I founded Neurotectura to explore how architecture can support neurodivergent lives through more empathetic and inclusive design.

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