Un pasillo que se estrecha, un muro que no sostiene nada, una torre amarilla que mira al cielo. Con El Eco, Mathias Goeritz propuso en 1953 algo que hoy suena muy actual: que la arquitectura debía, ante todo, emocionar.
En esta serie, Arquitectura para los sentidos, hemos recorrido el ladrillo y el agua de Rogelio Salmona, los muros de color de Luis Barragán y las bóvedas curvas de Eladio Dieste. Hoy damos un paso hacia un personaje distinto: un escultor, pintor e historiador del arte que llegó a México en 1949 y terminó escribiendo uno de los textos más citados de la arquitectura latinoamericana.
Mathias Goeritz no nació en América Latina, pero fue en México donde hizo su obra y donde le puso nombre a una idea: la arquitectura emocional. No es lo mismo que la neuroarquitectura: Goeritz hablaba desde el arte, no desde la ciencia. Pero sus ideas dialogan con preguntas que hoy interesan a quienes trabajamos en este campo. Goeritz no tenía resonancias magnéticas ni estudios de percepción a mano. Tenía intuición, materiales simples (muros, color, luz, proporción) y la convicción de que un edificio se vive con el cuerpo antes de entenderse con la razón.

(Danzig, 1915 – Ciudad de México, 1990).
Escultor, pintor e historiador del arte, autor del Manifiesto de la Arquitectura Emocional.
Foto: Gaceta UNAM, «Mathias Goeritz, recuerdo de un maestro universitario», 30 de marzo de 2019.
Un arquitecto de los sentidos
El Museo Experimental El Eco abrió sus puertas el 7 de septiembre de 1953 en la colonia San Rafael, en Ciudad de México. Lo encargó el empresario Daniel Mont, que quería un lugar para el arte de vanguardia: exposiciones, danza, poesía, música y un bar. Goeritz lo pensó como una obra de arte total, donde la arquitectura no fuera un contenedor neutro, sino parte de la experiencia.
La visita empieza en un pasillo. Sus muros blancos y rugosos se van cerrando, y el techo y las paredes se inclinan como si el espacio se estirara hacia adelante. El cuerpo lo nota antes que la mente: el paso se acelera, la mirada se dirige al fondo iluminado. Es un recorrido que comprime para luego liberar.
Al final, el espacio se abre. Una sala de doble altura se asoma por una gran ventana a un patio escondido de la calle por muros de entre 7 y 11 metros. En el patio se levanta una torre amarilla que no sostiene nada: es un gesto puro de color y verticalidad contra el gris y el blanco. Allí estuvo también la Serpiente, una escultura de metal negro. En la planta, Goeritz evitó los ángulos de 90°, y esa leve asimetría hace que nada se sienta del todo estático.
El Eco no se entiende mirando una foto. Se entiende caminando, sintiendo cómo el espacio te aprieta y te suelta.



El pasillo de acceso se estrecha hacia una luz al fondo; el patio, cerrado a la calle, culmina en la torre amarilla.
Formación e influencias
Mathias Goeritz nació en Danzig (hoy Gdańsk, Polonia) el 4 de abril de 1915 y creció en Berlín. Allí estudió filosofía e historia del arte y se doctoró en 1940. No era arquitecto de formación, y eso importa: llegó a la arquitectura desde la pintura, la escultura y la historia, mirando el espacio como una experiencia y no solo como un problema técnico.
En 1941 dejó Alemania rumbo a Tetuán, en Marruecos, y después vivió en Granada y Madrid. En España visitó la cueva de Altamira en 1948 y propuso la Escuela de Altamira, un movimiento de artistas que buscaba en el arte prehistórico una forma de volver a lo esencial. Esa idea, la de un arte primario y casi ritual, la llevaría consigo a México.
Llegó en 1949, contratado gracias al arquitecto Ignacio Díaz Morales para enseñar historia del arte a estudiantes de arquitectura en Guadalajara. Un año después se instaló en Ciudad de México. Allí conoció a Luis Barragán, y la relación fue de ida y vuelta: juntos hicieron El animal del Pedregal (1951) y las Torres de Satélite (1957), y el propio museo señala la influencia de Barragán en El Eco
En El Eco también resuenan el Cabaret Voltaire de los dadaístas y el cine expresionista alemán. Goeritz mezclaba esas vanguardias europeas con la luz, el color y los muros de la tradición mexicana.
Muro, color y escala
Goeritz presentó su Manifiesto de la Arquitectura Emocional en la preinauguración de El Eco, en 1953, y lo publicó en marzo de 1954, en el número 1 de Cuadernos de Arquitectura de Guadalajara. Su blanco era el funcionalismo europeo, que a su juicio había reducido la arquitectura a una máquina eficiente y fría. Su propuesta cabe en una frase:
«Sólo recibiendo de la arquitectura emociones verdaderas, el hombre puede volver a considerarla como un arte.»
No pedía ornamento. Pedía lo contrario: producir emociones «sin caer en un decorativismo vacío y teatral». Sus herramientas eran muy pocas: el muro, que encierra y protege; el color, usado en un solo punto para que tenga fuerza; y la escala, que comprime o libera al cuerpo.
Setenta años después, la investigación estudia variables parecidas, con otros métodos. En un estudio con resonancia magnética, Vartanian y colegas (2015) mostraron a participantes imágenes de interiores con techos altos o bajos y espacios abiertos o cerrados. Los espacios abiertos se juzgaron más bellos, y los cerrados se asociaron con más decisiones de «salir». Eran imágenes vistas en un escáner, no un recorrido real por un edificio. En otros experimentos, Meyers-Levy y Zhu (2007) observaron que la altura del techo podía favorecer un procesamiento más abstracto o más concreto, aunque solo en condiciones muy específicas.
Esto no significa que el pasillo de El Eco sea «malo» por ser estrecho. Goeritz usaba la compresión a propósito, como preparación para la apertura del patio. Lo interesante es la secuencia: el contraste entre cerrar y abrir es lo que crea la emoción.
Con el color hay que ser todavía más prudentes. Las revisiones sobre psicología del color (Elliot y Maier, 2014) insisten en que sus efectos dependen del contexto, de la cultura y de cada persona. La torre amarilla no «produce alegría» de manera automática. Lo que sí hace es concentrar la atención: es el único punto de color en un entorno gris y blanco, y por eso la mirada vuelve a ella una y otra vez.

Cinco prismas de concreto que cambian de forma según se recorren.
Recorrido, luz y ciudad
La arquitectura emocional no se quedó en un museo pequeño. Goeritz la llevó a la escala de la ciudad, donde el cuerpo ya no camina por un pasillo, sino que se mueve en coche, a pie o en el tiempo.
Las Torres de Satélite (1957). Con Barragán diseñó la entrada a Ciudad Satélite: cinco prismas triangulares de concreto, de entre 37 y 57 metros de altura, pintados en colores planos. Se pensaron para verse en movimiento, desde el Periférico. Según avanzas, las torres se superponen, se separan y cambian de forma. Son un recorrido hecho para la mirada.
La luz en los vitrales. Goeritz hizo vitrales para las catedrales de Ciudad de México y Cuernavaca, y para varias iglesias y una sinagoga. Igual que en Dieste, la luz aparece filtrada y cargada de color. No ilumina solo para ver mejor: transforma la percepción del espacio y crea una atmósfera distinta a la de la calle.
La Ruta de la Amistad (1968). Para los Juegos Olímpicos de México coordinó 19 esculturas de concreto de artistas de distintos países, a lo largo de unos 17 km del Periférico Sur. La idea era convertir una autopista en una experiencia, con hitos que dan ritmo y orientación al viaje.
El Espacio Escultórico (1979). Se inauguró el 23 de abril de 1979 en la Ciudad Universitaria de la UNAM, sobre el Pedregal de San Ángel. Goeritz lo creó junto con Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Hersúa, Sebastián y Federico Silva. Es un anillo de unos 120 metros de diámetro, formado por 64 prismas triangulares de concreto, que rodea un «mar» de lava petrificada del volcán Xitle. Los prismas no encierran: dirigen la mirada y el paso hacia el centro.
Aquí la emoción viene del silencio, de la escala y de la roca. La planta circular evoca el tiempo cíclico de la cosmovisión mesoamericana, y la piedra volcánica recuerda el origen del valle de México. Para sus creadores, el arte debía salir de los espacios cerrados y fundirse con el paisaje. Es una obra que se recorre despacio, casi como un ritual, y que conecta con aquella búsqueda de lo primario que Goeritz empezó en Altamira. En 2023–2024 recibió, junto con la Reserva Ecológica del Pedregal, el Premio Internacional Carlo Scarpa.



Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Mathias Goeritz, Hersúa, Sebastián y Federico Silva, 1979.
Vista aérea: un anillo de 64 prismas de concreto alrededor de la lava del Xitle. Escala, silencio y paisaje.
Lo que Goeritz nos enseña hoy
Goeritz escribió su manifiesto mucho antes de que existiera la palabra neuroarquitectura, pero sus preguntas siguen abiertas. ¿Qué siente una persona al entrar a un lugar, antes de saber qué es? ¿Por qué tantos edificios eficientes nos dejan indiferentes? ¿Y cómo diseñar para emocionar sin manipular ni abrumar, sobre todo a quienes perciben el entorno con más intensidad?
De El Eco podemos llevarnos tres ideas para el diseño de hoy:
- Diseñar secuencias, no solo espacios. La emoción está en el paso de lo estrecho a lo amplio, de la sombra a la luz. Un recibidor, un pasillo o una escalera pueden preparar el cuerpo para lo que viene.
- Usar el color con intención. Un solo punto de color en un entorno sereno atrae la mirada y orienta. También cuenta la carga visual total: el contraste, la saturación, la luz y la complejidad pueden hacer que un espacio resulte exigente para algunas personas.
- Pensar en el cuerpo en movimiento. Las Torres de Satélite se diseñaron para verse desde un coche. Nuestros espacios también se viven caminando, girando, subiendo. Vale la pena dibujarlos así, no solo en planta.
Aquí está el punto más delicado. La sorpresa, el contraste, la comprensión y el color intenso son las herramientas de la arquitectura emocional, y lo que para una persona es estimulante, para otra puede ser abrumador, sobre todo para personas neurodivergentes o con alta sensibilidad sensorial. Eso no significa que la arquitectura deba ser neutra ni renunciar a la expresión. Significa reconocer que la experiencia no se puede prescribir del todo desde el proyecto, y ofrecer alternativas: un camino más tranquilo, un lugar donde detenerse, la posibilidad de elegir la intensidad.
Si miramos la serie completa, cada arquitecto nos ha dado una herramienta. Salmona nos enseñó el ladrillo, el agua y los recorridos. Barragán, el muro de color y el silencio. Dieste, la curva y la luz filtrada. Goeritz les pone nombre a todos: hace explícito que la arquitectura existe para hacer sentir y eso no compite con responder a las funciones sociales, culturales y materiales. Y lo hace con muy poco: muros, un color, una torre que no sostiene nada.
No todas las personas sentirán lo mismo en El Eco. Para algunas el pasillo será emocionante, y para otras, incómodo. Esa diversidad no contradice a Goeritz. Nos recuerda que el arquitecto puede crear las condiciones de una experiencia, pero no decidir cómo la vivirá cada persona. La pregunta queda abierta: ¿cómo diseñar con intención sabiendo que nadie vive el mismo espacio de la misma manera?
Referencias
Goeritz y arquitectura
- Goeritz, M. (1954). «El Eco. Arquitectura emocional». Cuadernos de Arquitectura, 1, Guadalajara. Reeditado como «¿Arquitectura emocional?» en Arquitectura México, 8–9 (1960), pp. 17–22.
- Museo Experimental El Eco, UNAM. About.
- Museo Experimental El Eco (2017). La disonancia de El Eco. Ciudad de México: UNAM.
- Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Mathias Goeritz, dosier de prensa.
- Quesada, F. «La realidad de la ficción. El ECO de Mathias Goeritz». Cuadernos de Proyectos Arquitectónicos, 6, pp. 102–111.
- Gaceta UNAM. «El Eco de un Pasillo, diálogo con la arquitectura de Mathias Goeritz».
Percepción y experiencia ambiental
- Elliot, A. J. y Maier, M. A. (2014). Color psychology: Effects of perceiving color on psychological functioning in humans. Annual Review of Psychology, 65, 95–120.
- Meyers-Levy, J. y Zhu, R. (2007). The influence of ceiling height: The effect of priming on the type of processing that people use. Journal of Consumer Research, 34(2), 174–186.
- Vartanian, O., Navarrete, G., Chatterjee, A., Fich, L. B., Gonzalez-Mora, J. L., Leder, H., Modroño, C., Nadal, M., Rostrup, N. y Skov, M. (2015). Architectural design and the brain: Effects of ceiling height and perceived enclosure on beauty judgments and approach-avoidance decisions. Journal of Environmental Psychology, 41, 10–18.
Créditos de las imágenes
Museo Experimental El Eco: cortesía del Museo Experimental El Eco, UNAM.
Torres de Satélite: © Adlai Pulido; © Suriel Ramzal / Shutterstock; júbilo haku (Flickr), licencia CC BY-NC-ND 2.0. Vía ArchDaily.