Quinto y último artículo de la serie.
La fragilidad como refugio
Empezamos esta serie en Bogotá, con los ladrillos de Rogelio Salmona. Seguimos con los muros de color de Luis Barragán, las bóvedas de Eladio Dieste y la arquitectura emocional de Mathias Goeritz. Cuatro maestros del siglo XX que construyeron para el cuerpo con materiales sencillos.
Cerramos en el presente, con un arquitecto vivo: el chileno Smiljan Radić, Premio Pritzker 2026. En marzo escribí sobre él en Pritzker 2026: la arquitectura sensorial de Smiljan Radić, a partir del Pabellón de la Serpentine, la Viña VIK, la Casa Pite y el Museo Chileno de Arte Precolombino. Hoy miro otras obras y una sola idea: la fragilidad como refugio.

Premio Pritzker 2026. Foto: Martin Edwards (2017), vía UIA 2026 Barcelona.
Un arquitecto de los sentidos
Casi toda la arquitectura promete seguridad: muros gruesos, techos sólidos, límites claros. Radić promete otra cosa. El jurado del Pritzker lo resumió así: “Smiljan Radić prefiere la fragilidad a cualquier pretensión injustificada de certeza”.
Sus edificios, dice el acta, “parecen temporales, inestables o deliberadamente inacabados” y “abrazan la vulnerabilidad como una condición intrínseca de la experiencia vivida”. Aun así, ofrecen “un refugio estructurado, optimista y silenciosamente alegre”. Esa es la paradoja que quiero explorar: un refugio que no nos aísla del mundo, sino que nos deja sentirlo.
El propio Radić lo explica en una frase: “lo que necesitamos es protección: un lugar de estabilidad para aceptar la fragilidad”. No se trata de esconder la lluvia, el ruido o el paso del tiempo. Se trata de tener un lugar firme desde donde recibirlos.
Él mismo pone la fragilidad en el centro de su obra. En julio de 2026, en el Congreso Mundial de Arquitectos de la UIA en Barcelona, conversó con Enrique Walker en la sesión «Arquitecturas frágiles: Radić y Walker en diálogo».
Como resume ArchDaily, Radić no impone una estética de autor. Aborda cada proyecto como una indagación distinta, atenta a la historia, al paisaje y a la presencia humana, y su obra se mueve entre la permanencia y la impermanencia, la memoria y la imaginación. Desde la diminuta Casa Chica hasta el Pabellón de la Serpentine, busca lo mismo: experiencias que protegen, invitan a la contemplación y quedan abiertas a la interpretación de cada persona.
Para mí, esa es la clave de su obra. Radić no nos dice qué sentir: nos da un lugar seguro y nos deja descubrirlo.
Desde la neuroarquitectura, la idea tiene sentido. Un espacio totalmente sellado elimina la información sensorial que nos orienta: el clima, la hora, los sonidos de la vida alrededor. Un espacio que deja pasar algo de ese mundo puede ofrecer a la vez calma y estímulo. Pero no a todos por igual: la lluvia que a una persona la tranquiliza, a otra la inquieta. El refugio no consiste en recibir más estímulos, sino en poder recibirlos con protección y control.
Formación e influencias
Radić nació en Santiago de Chile en 1965, en una familia de inmigrantes. Sus abuelos paternos llegaron de la isla de Brač, en Croacia, y la familia de su madre tenía raíces británicas. De ahí viene una de sus frases más citadas: “A veces tienes que producir tus propias raíces. Eso te da libertad”.
Se graduó en la Pontificia Universidad Católica de Chile en 1989 y luego estudió historia en el Istituto Universitario di Architettura di Venezia. Él considera que Venecia y los viajes fueron lo más esencial de su formación. En esos años viajó a Portugal para conocer en persona la obra de Álvaro Siza.
La influencia más cercana es la escultora Marcela Correa, a quien conoció en la universidad. Fue su primera clienta y luego su esposa, y su diálogo entre escultura y arquitectura atraviesa muchas obras. Juntos crearon El niño escondido en un pez para la Bienal de Venecia de 2010.
Radić también se nutre de la filosofía, la literatura y el mito. Cree que «las ideas habitan las cosas» y quiere construir «escenarios donde otros puedan descubrir ideas emergentes». Le interesan las construcciones frágiles dispersas por Chile, hechas por una sola persona con materiales del entorno. En 2017 creó la Fundación de Arquitectura Frágil, dedicada a investigar y exponer este tipo de arquitectura experimental.

Una caja de vidrio con marco amarillo, ventanas de madera y un muro de piedra en el bosque. Foto: Smiljan Radić.
Lluvia, sonido y abrigo: habitar lo frágil
La Casa Chica (Vilches, 1997) fue la primera vivienda de Radić, proyectada para Marcela Correa. Medía 24 metros cuadrados y se construyó en gran parte a mano, en la cordillera de los Andes.
Era una caja de vidrio con marco amarillo, abierta al bosque, y una hilera de ventanas de madera de distintos tamaños, apoyada contra un muro de piedra. Lo frágil y lo pesado convivían en pocos metros: el vidrio exponía y la piedra protegía. Radić la describió como un espacio «comprimido, promiscuo e incómodamente placentero».
En una casa así no hay distancia entre el cuerpo y el paisaje. Cada material se toca, cada ruido del bosque se escucha, cada cambio de temperatura se nota. La casa no protege negando el exterior: protege dándole al cuerpo un tamaño a su medida.
Un espacio pequeño y bien delimitado, como un rincón o una alcoba, puede dar sensación de recogimiento y control. Para muchas personas es el lugar donde bajar la guardia; para otras, esa misma escala puede resultar estrecha.
La Casa Chica ya no existe, y su historia es quizá la mejor lección sobre la fragilidad. En el ensayo «Esta casa ya no existe» (2008), Radić cuenta que, construida en piedra, acero, vidrio y madera, parecía permanente. Pero tras diez años de uso, la familia la dejó, y bastaron «unos meses de abandono, un ratón y una piedra» para que el bosque la recuperara.
Radić no lo cuenta como un fracaso. Imagina convertir el lugar en un pozo de agua oscura que refleje las montañas nevadas. La casa fue un refugio para una etapa de la vida, no para siempre: aceptar eso también es aceptar la fragilidad.



Entre casas bajas y torres de vidrio, las cortinas velan la vida interior y el jardín de la azotea se asoma entre los árboles. Foto: Cristóbal Palma, vía Revista PLOT.
Casi treinta años después, Radić construyó su casa y estudio en Santiago: el Pequeño Edificio Burgués (2019–2023). Son cuatro pisos y 1.100 metros cuadrados junto al río Mapocho, a pocos metros de las torres de vidrio del barrio financiero. Según la memoria publicada en Revista PLOT, su estructura de hormigón, «desnuda, en huesos, aspira a perdurar».
Delante de ese esqueleto, todo es ligero y móvil. Los muros de vidrio de una sola hoja hacen presentes en el interior la lluvia, el sonido y la luz cambiante. Pantallas de malla metálica y cortinas exteriores regulan la temperatura y ocultan la vida interior desde la calle: ver sin ser visto, una de las condiciones básicas del refugio.
Quien vive ahí oye el aguacero, nota el frío y sigue el día por la luz, en vez de vivir en una burbuja climatizada. Según la memoria, el interior se siente a veces como un campamento en medio de la ciudad.
En la azotea, sobre una capa de tierra de hasta 170 centímetros, crece un jardín de higueras, nísperos, un parral, ruda y yerbabuena. Radić quiere que transmita «cierto aire doméstico, como el de un inquilino de campo». Es un jardín para oler y saborear, no solo para mirar.
En el nivel inferior se guardan los archivos de la Fundación de Arquitectura Frágil. Así, el edificio se organiza en capas: la memoria abajo, los pisos abiertos en medio y el jardín arriba. Ofrece las dos cosas que necesitamos: estar en contacto con el mundo y tener dónde replegarnos.

Las vigas oscuras de la cubierta descansan sobre grandes bloques de granito, y un toldo blanco tamiza la luz sobre la terraza. Foto: Gonzalo Puga, vía Arquitectura Viva.
Piedra, tela y luz: la fragilidad en lo público
El Restaurante Mestizo nació de un concurso público convocado en 2005 por la Municipalidad de Vitacura. Parte del edificio está metida en el terreno, en vez de apoyarse encima. La cubierta descansa sobre grandes bloques de granito puestos de pie, algunos de unas 10 toneladas, traídos de una cantera de Pirque, cerca de Santiago. Marcela Correa participó como escultora.
La experiencia es casi primitiva: comer bajo un techo que parece flotar sobre rocas. El cuerpo percibe el peso de la piedra, su textura irregular y su temperatura. Bajo las vigas oscuras, un toldo blanco de tela tamiza la luz sobre la terraza: lo más ligero del edificio, suspendido junto a lo más pesado. Según Arquitectura Viva, las piedras subrayan el vínculo del menú con la tierra.
La fragilidad aquí es aparente. Las rocas parecen apenas apoyadas, pero el ingeniero Luis Soler calculó que soportan unos 50 kg/cm², una décima parte de lo que el granito suele resistir. Lo que parece precario es, en realidad, muy estable: otra forma de «estabilidad para aceptar la fragilidad».

Detrás de la fachada de principios del siglo XX, reconstruida, aparece en la azotea una carpa de circo amarilla y roja. Foto: Cristóbal Palma, vía Arquitectura Viva.
En el Barrio Yungay de Santiago, una casona de principios del siglo XX quedó casi destruida tras un incendio en 2006 y el terremoto de 2010. Solo quedó en pie parte de la fachada. Radić la convirtió en NAVE (2015), un centro de creación y residencia para las artes escénicas.
La fachada original se reconstruyó por completo y funciona, en palabras del arquitecto, como una especie de «disfraz amable». Detrás hay salas oscuras y neutras para ensayar y presentar obras, habitaciones donde los artistas pueden vivir mientras crean y, en algunas salas, las molduras y los pisos de parqué originales restaurados. A través de las ventanas, la ciudad se convierte en parte del escenario.
En la azotea, a veces aparece una carpa de circo. Radić la imaginó “como un objeto extraño, lejos de su suelo natural”. Es la fragilidad en estado puro: un edificio que estuvo a punto de perderse vuelve a vivir, coronado por la construcción más ligera y pasajera que existe.


Al atardecer, la membrana translúcida se enciende junto al río Biobío. Foto: Iwan Baan.
El Teatro Regional del Biobío es la obra pública más grande de este recorrido: 9.650 metros cuadrados en seis pisos. Una estructura de hormigón está envuelta en una membrana blanca semitranslúcida de PTFE. Cada franja de la membrana se inclina en dirección contraria a la siguiente.
De día, la membrana filtra la luz y la vuelve suave y difusa en los vestíbulos. De noche, el edificio brilla como una linterna de papel a orillas del río. El jurado del Pritzker destacó que esta piel controla la luz y apoya la acústica del teatro.
Dentro, dos salas y una sala de ensayo forradas en madera cuelgan a distintas alturas dentro de la retícula de hormigón. En la planta baja, un gran vestíbulo abierto tiene asientos de madera tallados como rocas. Es un edificio público que se siente ligero y cálido, en vez de monumental e intimidante. En 2022 ganó el Gran Premio de la Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito.
Lo que Radić nos enseña hoy
Vivimos en espacios cada vez más sellados: ventanas que no se abren, climatización constante, luz artificial uniforme. Radić nos recuerda que el bienestar no es aislarnos de todo estímulo. También es oír la lluvia, sentir el peso de una piedra o ver cómo cambia la luz.
Tres ideas que podemos llevar a cualquier proyecto, incluso a una casa común:
- Una base firme y una piel permeable. Un lugar seguro desde donde sentir el exterior: una ventana que se abre, una cortina que filtra, un alero bajo el que se oye la lluvia.
- Ver sin ser visto. Capas, pantallas y cortinas que dan privacidad sin cortar la conexión con el entorno.
- La escala del cuerpo. No todo debe ser grande. Un rincón pequeño y bien pensado puede ser el lugar más tranquilo de la casa.
Como dice Radić, «no hay ningún mensaje en lo que hago». No hace falta: el sentido lo pone cada persona que habita sus espacios.
Cierre de la serie
Con Radić termina, por ahora, «Arquitectura para los sentidos». Cinco arquitectos, cinco maneras de pensar cómo la arquitectura transforma nuestra experiencia del espacio:
- Rogelio Salmona nos enseñó que el ladrillo, el agua y el recorrido pueden convertir la ciudad en una experiencia.
- Luis Barragán, que el color, el silencio y la luz pueden crear serenidad.
- Eladio Dieste, que la técnica y la belleza caben en un mismo material humilde.
- Mathias Goeritz, que la arquitectura debe conmover, no solo funcionar.
- Smiljan Radić, que la fragilidad también puede ser refugio.
Todos ellos diseñaron mucho antes de que habláramos de neuroarquitectura. Cada uno, a su manera, intuyó que los espacios se viven con todo el cuerpo. Hoy, la investigación sobre el entorno y las personas nos da nuevas herramientas para entender esas intuiciones. Gracias por acompañarme en este recorrido.
Referencias
- The Pritzker Architecture Prize. Smiljan Radić Clarke, laureado 2026.
- ArchDaily (2026). Who Is Smiljan Radić Clarke? 10 Things to Know About the 2026 Pritzker Architecture Laureate.
- ArchDaily en español (2026). ¿Quién es Smiljan Radić Clarke? 10 cosas que debes saber sobre el laureado del Premio Pritzker de Arquitectura 2026.
- Dezeen (2026). “There is no message in what I do” says Pritzker Architecture Prize-winner Smiljan Radić.
- Dezeen (2018). Smiljan Radić uses lantern-like skin to disguise concrete frame of Teatro Regional del Bíobío.
- Arquitectura Viva (2026). Smiljan Radić, Premio Pritzker 2026.
- Arquitectura Viva. Restaurante Mestizo en Santiago de Chile.
- Stone-Ideas. Architecture: boulders support the roof.
- Radić, S. (2008). This house no longer exists. Publicado originalmente en Obradoiro, n.º 33. Traducción al inglés: Mazzocchioo.
- Revista PLOT. Pequeño edificio burgués – Smiljan Radić. Fotografía: Cristóbal Palma.
- UIA 2026 Barcelona. Smiljan Radić: «Arquitecturas frágiles: Radić y Walker en diálogo».
- Metalocus (2026). Conoce más sobre quién es Smiljan Radić Clarke.
- Neurotectura (2026). Pritzker 2026: la arquitectura sensorial de Smiljan Radić
- Arquitectura Viva. Sala de artes escénicas NAVE en Santiago de Chile. Fotografía: Cristóbal Palma.
- Afasia (2015). Smiljan Radić. NAVE. Memoria del proyecto.
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