Un estudiante aparta la mirada mientras el docente habla. Otro golpea repetidamente el lápiz, se balancea en la silla o pide salir del salón. Un tercero realiza muy poco trabajo, aunque parece comprender el tema.
Estos comportamientos pueden interpretarse como falta de atención, desmotivación o poca disposición para participar. Sin embargo, es posible que la dificultad no resida únicamente en el estudiante. También puede surgir del esfuerzo sensorial y atencional que requiere el simple hecho de permanecer en el aula.
Antes de concentrarse en una lección, un estudiante debe distinguir la voz del docente entre las conversaciones del entorno, ignorar el movimiento a su alrededor, adaptarse a la iluminación y al deslumbramiento, tolerar la proximidad física y decidir qué información visual merece su atención. La mayoría de las aulas exige que el cerebro procese —o suprima— múltiples flujos de información de manera simultánea.
Para algunos estudiantes, en particular los estudiantes autistas, este proceso de filtrado puede requerir un esfuerzo cognitivo considerable. Si el entorno compite constantemente con la lección, ¿cuántos recursos quedan disponibles para aprender?

El trabajo oculto de prestar atención
En una revisión integradora publicada en 2021, los investigadores Courtney Mallory y Brandon Keehn examinaron cómo las diferencias en el procesamiento sensorial y la atención asociadas con el autismo pueden afectar a los estudiantes en los entornos educativos.
Los autores comienzan con una escena aparentemente común: un docente presenta información mientras se mueven hojas de papel, circula el aire de un sistema de ventilación y elaboradas exposiciones cubren las paredes. Se espera que los estudiantes atiendan la lección mientras filtran todas estas sensaciones que compiten entre sí.
Sin embargo, prestar atención no consiste simplemente en mirar al docente o permanecer sentado. Implica seleccionar información relevante entre numerosas fuentes internas y externas. También requiere apartar la atención de un estímulo, desplazarla hacia otro e inhibir la información que no es pertinente para la tarea.
Mallory y Keehn describen investigaciones que indican que las personas autistas pueden presentar diferencias en varios procesos atencionales. Estas pueden incluir dificultades para apartar y cambiar el foco de atención, regular el estado de alerta y filtrar información visual o auditiva irrelevante.
Esto no significa necesariamente que exista una falta general de atención. La revisión señala que las personas autistas pueden mantener una atención sostenida comparable a la de sus pares no autistas, aunque experimenten dificultades con otros procesos atencionales. Un estudiante autista puede concentrarse intensamente en determinadas circunstancias y, al mismo tiempo, encontrar difícil redirigir la atención cuando cambia la actividad. También puede procesar información que otros estudiantes apenas perciben.
Por lo tanto, lo que parece distracción puede reflejar una distribución diferente de la atención, no su ausencia.
El procesamiento sensorial no es igual para todos
El procesamiento sensorial comprende la detección, el registro y la interpretación de la información recibida a través de los sentidos. El artículo se basa en el modelo de Dunn, que considera tanto el umbral sensorial de una persona como su manera de responder a las experiencias sensoriales.
Algunos estudiantes perciben los estímulos con mucha rapidez y pueden sentirse abrumados por sonidos, luces, contactos físicos o movimientos que otros toleran. Otros necesitan una estimulación más intensa antes de registrar lo que sucede a su alrededor. Un estudiante puede buscar activamente movimiento o estimulación táctil, mientras que otro puede evitar situaciones que impliquen sensaciones impredecibles.
Estos patrones no son mutuamente excluyentes ni necesariamente consistentes en todos los sentidos. Un mismo estudiante puede ser especialmente sensible a determinados estímulos y, al mismo tiempo, buscar o necesitar mayor estimulación a través de otra modalidad sensorial.
Esta variabilidad es importante porque no existe un único entorno sensorial que funcione de la misma manera para todos los estudiantes autistas ni, en realidad, para todos los estudiantes.
Un aula que tranquiliza a un niño puede no proporcionar suficiente estimulación para mantener alerta a otro. Una iluminación intensa puede ayudar a algunos estudiantes a permanecer atentos, pero causar deslumbramiento o incomodidad en otros. La uniformidad absoluta no puede responder a esta diversidad.

Cuando el ruido consume los recursos necesarios para aprender
Entre las distintas condiciones sensoriales examinadas en la revisión, los estímulos auditivos aparecen como un aspecto especialmente importante.
El aprendizaje en el aula depende en gran medida del lenguaje hablado. Para comprender al docente, los estudiantes deben separar su voz de las conversaciones, el movimiento de las sillas, los pasos, los sistemas de ventilación, los sonidos de los corredores y la actividad exterior.
Cuando la diferencia entre la voz que se necesita escuchar y el ruido de fondo no es suficiente, escuchar requiere un esfuerzo mayor. Parte de los recursos cognitivos debe destinarse a identificar e interpretar el habla, aunque esos mismos recursos podrían utilizarse para apoyar la comprensión, la memoria y la participación.
Las conversaciones de fondo pueden resultar particularmente disruptivas porque contienen información con significado. A diferencia de un sonido mecánico continuo, otra conversación puede atraer involuntariamente la atención y competir con las palabras del docente.
Mallory y Keehn presentan evidencia de que los estudiantes autistas pueden experimentar dificultades particulares para procesar el habla en ambientes ruidosos y filtrar información auditiva irrelevante. La revisión también analiza estudios que asocian niveles más altos de ruido en el aula con mayor estrés y una frecuencia más elevada de comportamientos repetitivos.
Esto invita a cambiar nuestra interpretación. El movimiento repetitivo, el aislamiento o la aparente desconexión de un estudiante dentro de un aula ruidosa no deberían considerarse automáticamente como mala conducta. Pueden reflejar estrés sensorial o un intento de autorregularse, preservar la atención o recuperar una sensación de control.
Desde la perspectiva del diseño, la acústica no es solamente una cuestión de comodidad. Puede influir en que la información educativa transmitida oralmente sea verdaderamente accesible.
Un aula visualmente saturada
Las aulas suelen estar decoradas con carteles, trabajos artísticos, alfabetos, números, horarios, mensajes motivacionales y exposiciones de los trabajos de los estudiantes. Estos elementos pueden contribuir a crear identidad, comunicar información y celebrar los logros. Sin embargo, una mayor cantidad de decoración no produce automáticamente un mejor entorno de aprendizaje.
La revisión analiza investigaciones que asocian las aulas muy recargadas con más comportamientos ajenos a la tarea y menores avances en el aprendizaje, particularmente entre los niños más pequeños. Los estudios examinados por los autores también sugieren que una gran cantidad de información visual de fondo puede resultar especialmente distractora para los estudiantes autistas.
Esto no significa que las paredes deban permanecer vacías. Mallory y Keehn señalan que la información visual limitada y pertinente puede ser útil. La implicación es que las exposiciones deberían tener un propósito, estar organizadas y responder a las actividades que se desarrollan en el aula. La información que apoya la lección del momento puede ser valiosa; aquella que ha dejado de ser relevante puede convertirse en una fuente constante de competencia visual.
La iluminación añade otra dimensión a esta complejidad. La luz natural puede favorecer el aprendizaje y el estado de alerta, pero la entrada descontrolada de luz solar directa puede producir deslumbramiento. La revisión también señala la sensibilidad a la iluminación de muchas personas autistas y analiza pequeños estudios en los que una iluminación menos intensa o modificada se asoció con mejoras en la atención, la participación o el involucramiento.
Estos resultados deben interpretarse con cautela. No establecen una forma ideal de iluminación para todos los estudiantes. Sin embargo, respaldan la necesidad de prestar mayor atención a la intensidad, el deslumbramiento, las fuentes de luz artificial y las respuestas individuales.
La pregunta relevante no es simplemente si un aula tiene suficiente iluminación o exposiciones atractivas. Debemos preguntarnos cómo experimentan estas condiciones los distintos estudiantes durante actividades específicas.
De corregir al estudiante a adaptar el entorno
Las respuestas educativas suelen concentrarse en cambiar al estudiante: animarlo a permanecer sentado durante periodos más largos, reducir los comportamientos repetitivos o enseñarle a ignorar las distracciones. Algunos apoyos individuales pueden ser valiosos, pero no deberían impedirnos abordar las exigencias ambientales innecesarias.
Mallory y Keehn examinan varias adaptaciones posibles. Entre ellas se encuentran mejorar la relación señal-ruido, incorporar materiales que absorban el sonido, proporcionar espacios más tranquilos, limitar la información visual irrelevante, reconsiderar la ubicación de los pupitres, modificar la iluminación, aumentar la previsibilidad y explorar distintas opciones de asiento.
Traducidos al diseño espacial, estos principios podrían orientar la incorporación de:
- Tratamientos acústicos que reduzcan la reverberación y el ruido de fondo;
- Áreas más tranquilas que permanezcan conectadas al aula, en lugar de aislar a quienes las utilizan;
- Información visual claramente organizada y expuesta de manera selectiva;
- Iluminación ajustable y un control eficaz del deslumbramiento;
- Opciones de asiento que ofrezcan distintos grados de cerramiento y proximidad social;
- Una organización espacial predecible y transiciones fáciles de comprender;
- Lugares donde los estudiantes puedan moverse o autorregularse sin ser considerados automáticamente como disruptivos;
- Flexibilidad para modificar las condiciones ambientales según el estudiante y la actividad.
No todos los elementos de esta interpretación arquitectónica han sido estudiados de manera independiente, y la revisión no ofrece una fórmula para crear el aula ideal. Estas posibilidades deben evaluarse con los estudiantes y docentes en los entornos donde serán utilizadas.
Tampoco se trata necesariamente de características exclusivas para estudiantes autistas. Una mejor acústica, una organización más clara y mayores posibilidades de elección ambiental pueden beneficiar a los docentes y a muchos otros estudiantes, incluidas las personas con TDAH, sensibilidades sensoriales, dificultades auditivas, ansiedad o diferencias en el procesamiento del lenguaje.
El diseño inclusivo no exige que todas las personas utilicen el espacio de la misma manera. Exige que el espacio proporcione más de una forma viable de participar.

Lo que la investigación todavía no puede decirnos
El artículo de Mallory y Keehn es una revisión integradora que reúne hallazgos procedentes de diferentes áreas de investigación. Los autores describen explícitamente su enfoque como no sistemático. Por lo tanto, no debe interpretarse como una demostración de que un determinado diseño de aula producirá un resultado académico específico.
La evidencia disponible también presenta vacíos importantes. Los autores identifican relativamente pocos estudios que examinen directamente cómo afecta la atención a los estudiantes autistas dentro del aula. La investigación sobre el procesamiento táctil es particularmente limitada, y muchos estudios sobre intervenciones sensoriales o atencionales no han medido sus efectos sobre los resultados académicos.
Las aulas reales también son más complejas que los experimentos que examinan variables individuales. El ruido interactúa con la iluminación, la densidad social, la temperatura, el estilo de enseñanza, la dificultad de la tarea y el estado físico y emocional del estudiante.
Las personas autistas no constituyen un grupo homogéneo, y sus perfiles sensoriales no pueden inferirse de manera confiable a partir de un diagnóstico. Una intervención que ayuda a un estudiante puede ser ineficaz —o introducir una nueva dificultad— para otro.
Por consiguiente, la evidencia señala una dirección, no una fórmula: reducir la competencia sensorial innecesaria, proporcionar opciones significativas y evaluar los entornos con las personas que los utilizan.
Las investigaciones futuras deberían examinar estas relaciones de manera sistemática en entornos reales de aprendizaje. Desde la perspectiva del diseño inclusivo, los estudiantes autistas también deberían participar en la identificación de los problemas ambientales, la evaluación de los espacios y el desarrollo de posibles soluciones.
Diseñar para acceder al aprendizaje
Un aula no es un contenedor neutral dentro del cual ocurre la educación. Dirige continuamente la atención, amplifica o reduce los sonidos, expone a los estudiantes al movimiento y a la luz, determina la proximidad entre las personas e influye en la posibilidad de retirarse o autorregularse.
Cuando estas exigencias coinciden con las necesidades de un estudiante, el entorno puede favorecer su participación de una manera casi invisible. Cuando no coinciden, el estudiante puede verse obligado a dedicar una cantidad considerable de energía a manejar el espacio antes de poder involucrarse con la lección.
Por lo tanto, la pregunta central no es si un estudiante puede tolerar el aula tal como existe actualmente. La pregunta es si el aula le ofrece una oportunidad justa de prestar atención, comprender y aprender.
A veces, lo que parece una incapacidad para prestar atención es evidencia de que el entorno exige demasiada atención por sí mismo.
Referencia
Mallory, C., & Keehn, B. (2021). Implications of sensory processing and attentional differences associated with autism in academic settings: An integrative review. Frontiers in Psychiatry, 12, Article 695825. https://doi.org/10.3389/fpsyt.2021.695825